lunes, 27 de agosto de 2007

Catador y Copa

    El vino como elixir mágico tiene estructura física concreta y tangible que no siempre es fácil poseerla y palparla; sólo los expertos catadores se dan el lujo y el placer del egoísta deleite activando cada fibra sensorial que despierta los sentidos.

    Así como el placer de comer, el placer de beber es un acto que requiere de un constante aprendizaje donde se ponen de manifiesto todos los sentidos, este aprendizaje no se logra de un día para otro, lleva tiempo, paciencia y experiencia que la mayoría de las veces está influenciado por componentes emocionales del experto.

    Probar un vino una y otra vez permite grabar sus características y es lo que discrimina el contenido entre una copa y otra; ya sea por su cuerpo, forma, aroma, sabor o color.

    El entorno ambiental que alberga a la copa llena de vino debe estar impregnado de un clima agradable para poder apreciar todo el esplendor de su contenido. Por ser generalmente de cristal puro y transparente, la copa llena de pudor deja ver sus componentes más íntimos hipnotizada por los mágicos ojos del catador.

    La curiosidad impulsa a seguir mirando, oliendo, sintiendo…para dar rienda suelta al goce de los sentidos…explorando cada gota hasta conocer su origen y dar inicio al intercambio de datos para el pleno reconocimiento.

    La vista es el sentido con el nivel más sensible a la percepción y tiene la habilidad de arropar a la copa por completo desde su altura hasta la base; a partir de ahí, con sutil destreza se origina un coqueteo que deja ver el cuerpo en su exacta dimensión física y cromática para determinar su madurez.

    La vista no se cansa y mientras más observa a la copa, ya sea en reposo o en movimiento, más información puede obtener de su contenido en cuanto a consistencia, limpidez y fluidez.

    Sin apartar la mirada se pone de manifiesto el olfato que recoge los aromas emanados de la copa y que tiende a provocar sensaciones complejas difíciles de definir y organizar. Cada aroma traspasa la cavidad nasal y activa el deseo de tomar el contenido, no sin antes permitirle abrirse para oxigenarse y potenciar los aromas.

    Mientras más dentro de la copa esté la nariz, mejor se pueden captar los olores, al punto de poder "saborear" su contenido, llegando a intuir su edad, definición y fuerza.

    La gama de olores es infinita y llega tan lejos como pueda hacerlo la imaginación del catador, removiendo experiencias, sentimientos y sensaciones. Cada copa desprende el olor característico de su contenido y éste se convierte en la esencia propia que da origen a una interconexión de aromas que pueden ser de primera o segunda intención, dependiendo de la cercanía entre catador y copa.

    La experiencia y destreza del catador le indican cuando el vino está listo para esparcirlo por las papilas gustativas y activar un sentido con funciones internas que requieren mayor atención para degustar cada burbuja y sentir la explosión de sabor al reaccionar con los elementos químicos de la cavidad bucal.

    Para captar el sabor a plenitud es necesario mantener el líquido rondando las paredes de la cavidad bucal y complementar la información que se ha registrado a través de la exploración visual y olfativa.

    La fase gustativa contiene un gran porcentaje de información para calificar el vino, pues logra despertar un abanico de sensaciones al entrar a la boca, impregnar la lengua y activar las papilas gustativas.

    El tiempo que se maneja en el proceso gustativo abarca momentos que van desde tocar el líquido con la punta de la lengua, sorberlo y aspirarlo, hasta llegar a sentir toda la estructura para determinar su armonía interna; por tanto, la noción temporal oscila entre lo abstracto y lo concreto, pues en términos cronológicos sólo toma algunos segundos pasar de una fase a otra, sin embargo, abstrae de tal manera que un sabor determinado puede durar toda la vida.

    A través del gusto se activa el sentido del tacto que percibe la temperatura, voluptuosidad y consistencia. La función táctil también evalúa las cualidades orgánicas del fluido, desde el roce de la copa con los dedos, las manos…y de manera imperceptible involucra toda la estructura motriz del catador en perfecta armonía de coordinación y equilibrio con la copa.

    Los labios, las mejillas, el paladar y la lengua son en extremo vulnerables a la sutileza táctil por la proliferación de terminaciones nerviosas que desencadenan sensaciones activas y pasivas al reaccionar con agentes físico-químicos.

    El oído puede ser considerado de menor importancia respecto a los demás sentidos, sin embargo, copa y contenido desprenden sonidos a veces imperceptibles pero reales, que pueden ser percibidos en mayor o menor intensidad de acuerdo a la agudeza auditiva del catador al verter el contenido y sentir la gravedad que refleja cuerpo, estructura y salud del vino catado.

    Acercar la copa al oído es sentir un mar burbujeante, la explosión de fuegos artificiales, el viento soplando o la lluvia cayendo…y es que el arte de catar es la perfecta simbiosis entre sujeto y objeto que los confunde con lazos mágicos hasta formar un solo elemento.

    Cada sentido tiene una función específica con una complejidad determinada que no implica rigidez en la jerarquía; esta flexibilidad permite jugar con ellos en inocente desorden o en sensual formalidad que al final producen el ansiado torrente de satisfacción y placer.

    Catar es un arte…y como en toda obra de arte, ya sea música, pintura, danza o escritura…la interpretación queda a libre albedrío de quien observa la pieza…pero sólo puede ser comprendida en su exacta dimensión por quien la realiza.

    

1 comentario:

Tomás Fernández Cocinero dijo...

Saludos Freddy y muchas gracias por linkearme